Encuadrar es decidir qué entra en la imagen y qué queda fuera. Esa decisión se toma dos veces: en la cámara, al disparar, y en la postproducción, al recortar. Las dos no valen lo mismo. La cámara decide desde dónde se mira; el reencuadre solo decide qué se descarta. El punto de vista, la distancia, la perspectiva, las superposiciones entre objetos, la profundidad de campo y el instante quedan fijados en la toma. El recorte puede quitar campo, pero nunca añadirlo.
Aun así, recortar no es un gesto menor. Al mover los bordes cambia el centro del campo visual y cambia el peso de todo lo que queda dentro: un elemento que pesaba poco puede quedar tensado contra un borde, y una figura completa puede convertirse en un fragmento que continúa fuera del cuadro.

Hay que tener en cuenta que el reencuadre implica recortar pero también cambiar la inclinación y la orientación.
1. Qué entra en el cuadro: escala y sentido
La escala del plano (general, entero, americano, medio, primer plano) no es solo una cuestión de tamaño. Decide qué relación establecemos con el personaje: observarlo en su entorno, verlo de cuerpo entero como un objeto completo, o acercarnos hasta la altura de su mirada. En la pintura/escultura/dibujo clásicos los personajes aparecen de cuerpo entero o con el busto o rostro enteros, sin cabezas ni miembros cortados. Esto cambia en la segunda mitad del siglo XIX: Edgar Degas corta figuras por los bordes del cuadro (por ejemplo en Place de la Concorde, 1875), bajo la influencia de la estampa japonesa y de la propia fotografía, cuyos encuadres instantáneos seccionaban cuerpos y objetos sin la intención de componer de la pintura. Aaron Scharf estudió esta influencia en Arte y fotografía (1968). La fotografía enseña a la pintura a cortar, y el pictorialismo, a su vez, vuelve a los encuadres de la pintura. Por ejemplo en el movimiento pictorialista de finales del siglo XIX e inicios del XX, el tratamiento de la imagen remite a los temas y composiciones pictóricas.



Léonard Misonne (1870-1943), fotógrafo pictorialista belga, es conocido por sus atmósferas y sus efectos de luz retrabajados. Él mismo afirmaba que «el tema no es nada, la luz lo es todo». Sus efectos difuminados, de inspiración impresionista, le valieron el apodo de «el Corot de la fotografía», aunque la crítica ha calificado su enfoque de conservador y sentimental.










2. Cortar o no cortar la figura
El encuadre puede incluir la figura entera o cortarla. Las dos opciones producen efectos opuestos, y la teoría clásica los explica en tres niveles.
El porqué perceptivo: la completación
Una articulación es una frontera natural del cuerpo. Si el borde del cuadro coincide con ella, el ojo interpreta que el objeto termina ahí. Si el borde corta un segmento por la mitad, el ojo prolonga la forma fuera del cuadro. La psicología de la percepción llama a esto completación amodal (Kanizsa). Lo mismo vale para cualquier línea: las líneas que continúan fuera del cuadro crean tensión e incompletud.
El sentido: forma cerrada y forma abierta
Heinrich Wölfflin, en Conceptos fundamentales de la historia del arte, opone la forma cerrada, contenida en el marco, a la forma abierta, que lo desborda. Con la figura entera y aire alrededor, la imagen es un objeto completo y autónomo, visto a cierta distancia: da calma, dignidad, control. Con la figura cortada, el cuadro presiona sobre ella y el espacio continúa fuera: da proximidad, intensidad, a veces opresión. En términos de Arnheim, la figura deja de reposar en el campo y entra en tensión con el borde.
Cuenta también la escala. Cortar la cabeza es normal en un primer plano, porque la cara llena el cuadro y la cercanía justifica el corte. En un plano medio es raro, y se lee como error salvo que la intención sea muy visible.




Cortar la figura humana
La regla práctica: no cortar por las articulaciones
Los manuales de encuadre de cine y televisión (por ejemplo Grammar of the Shot, de Roy Thompson) aconsejan no cortar por el cuello, las muñecas, los codos, las rodillas ni los tobillos, sino entre articulaciones: a media pantorrilla, a medio antebrazo, a media frente. Una mano cortada justo en la muñeca parece amputada; cortada a medio antebrazo, el espectador da por hecho que sigue fuera de campo. Con la cabeza ocurre lo mismo: cortar por la frente es habitual en planos cortos, cortar por la barbilla o los ojos no lo es.











Encuadrar la muchedumbre
El efecto cambia mucho si estamos a la altura de las personas, metidos en la muchedumbre, lo que crea una sensación de multitud incontrolable, o si estamos en un plano general donde vemos el conjunto.





3. El encuadre y el mensaje político
En la prensa, el encuadre es una toma de posición. La misma persona, en el mismo acto, puede aparecer dominante o derrotada según dónde caigan los bordes, cuánto aire tenga delante de la mirada y hacia qué lado mire. En nuestra cultura de lectura de izquierda a derecha, mirar hacia la derecha tiende a leerse como ir hacia delante, y mirar hacia la izquierda como volver atrás.







Estos ejemplos muestran una escala de intervenciones: recortar, voltear, enderezar o inclinar, pasar a blanco y negro, aclarar y oscurecer por zonas, montar varias imágenes. Cada paso se aleja más del documento. Todos son legítimos en una imagen expresiva; en una fotografía de prensa, a partir del volteo ya estamos cambiando lo que ocurrió.
4. Encuadrar en cámara o reencuadrar después: un debate histórico
El pictorialismo de Henry Peach Robinson: montaje y encuadres múltiples
En la época victoriana, Henry Peach Robinson componía sus imágenes a partir de varios negativos. Para él, el fotógrafo era un artista que construía la imagen como un pintor, no un testigo. Es el extremo de la escala de intervenciones: ya no se recorta una toma, se fabrica una escena.

Una joven tuberculosa agoniza en el centro de la imagen, que es también su zona más luminosa. Dos mujeres la enmarcan y un hombre de espaldas mira el cielo amenazante entre las cortinas. Cuando se expuso en 1858, a parte de la crítica le pareció inconveniente que una fotografía mostrara un tema tan trágico; más tarde, al saber que era una escena montada con varios negativos, algunos críticos se sintieron engañados.

Una composición todavía más compleja, en torno al antiguo rito primaveral de recoger flores y ramas para hacer guirnaldas. La imagen final combina nueve negativos, tomados en un pequeño patio trasero de unos quince metros por seis.

La reacción al pictorialismo de la fotografía pura: f/64 y el visor como decisión final
El grupo f/64, fundado en 1932 en California por Ansel Adams, Edward Weston, Imogen Cunningham, Sonya Noskowiak y otros, defendía una fotografía pura, nítida, sin las manipulaciones del pictorialismo. Su rechazo del recorte tiene también una raíz técnica: trabajaban con cámaras de placa grande, y Weston hacía copias por contacto de negativos de 8×10 pulgadas. Sin ampliadora, recortar significa obtener una copia más pequeña. La composición se decidía en el cristal esmerilado de la cámara.
Cartier-Bresson y el borde negro
Henri Cartier-Bresson copiaba sus negativos con un portanegativos limado que dejaba ver el borde negro de la película, como prueba de que la imagen no se había recortado: el encuadre debía resolverse en el instante del disparo. Pero su fotografía más famosa, Derrière la gare Saint-Lazare (1932), está recortada. La tomó a través de los huecos de una valla, y él mismo explicó que el espacio entre las tablas no era lo bastante ancho para su objetivo, por eso la imagen está cortada a la izquierda. La norma tenía excepciones incluso para quien la defendía.
La reacción a la fotografía pura de Arnold Newman: el recorte como parte de la obra
En el extremo opuesto, Arnold Newman, formado como pintor, consideraba el recorte parte esencial de su trabajo. Sus hojas de contactos, con las líneas de corte trazadas a mano, muestran que el encuadre definitivo se decidía en la mesa y no en el visor. Su retrato de Igor Stravinsky (1946) es el ejemplo clásico: el piano abierto se convierte en una gran forma negra que ocupa casi todo el cuadro y deja al compositor en una esquina.






Newman lo resumía así, según el texto de su exposición retrospectiva: «La gente se inventa reglas absurdas: no puedes recortar, no puedes aclarar u oscurecer la copia… Pero los grandes fotógrafos que esa gente admira lo hacían todos». Tenía razón en un punto: el propio Adams, emblema de la fotografía pura, aclaraba y oscurecía sus copias con enorme minucia.
Lo que el reencuadre no puede hacer
- No cambia la perspectiva. Recortar equivale a una focal más larga en ángulo de visión, pero la perspectiva depende de la posición de la cámara, y esa no cambia.
- No deshace las relaciones espaciales. Una columna que sale de la cabeza de alguien, dos figuras superpuestas, una tangencia entre un borde y un objeto: todo eso lo fija el punto de vista. Solo se evita moviéndose al disparar.
- Tiene un coste. Al ampliar un recorte al mismo tamaño final se pierde resolución, aumenta el grano y la profundidad de campo aparente disminuye.
De ahí dos actitudes legítimas. Una es encuadrar como si no se pudiera recortar: la disciplina f/64, la más formativa para empezar. La otra es disparar con margen sabiendo cuál será el formato final: lo propio del fotoperiodismo que pasa por maquetación o del cine digital.
5. El caso del cine: el sujeto se adapta al cuadro
En fotografía, cada imagen elige su formato: vertical u horizontal en la toma, y cualquier proporción en el recorte (4:5, 1:1, 16:9…). El cuadro se adapta al sujeto. En cine ocurre lo contrario: el formato es una constante de toda la película (1,37:1 durante el sonoro clásico; 1,85:1 o 2,39:1 desde los años cincuenta). Todos los planos comparten la misma proporción y deben casar entre sí. Como el borde no se mueve, se mueve todo lo demás: la posición de los actores, su distancia a la cámara, sus desplazamientos, la cámara misma. Componer es poner en escena.
Algunos ejemplos de Muerte de un ciclista (Juan Antonio Bardem, 1955):




Por eso en la teoría del cine «reencuadre» significa sobre todo el pequeño movimiento de cámara que recompone el plano cuando el personaje se desplaza. Es un encuadre que se mantiene en el tiempo, no un recorte.